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Extrañeza e impermanencia: autorretrato y selfie

Juan Nicolás Donoso

“Tomé esta foto de mí misma mirando al espejo.

Fue muy difícil, ya que mis manos estaban temblando”

Anastasia Románova.

Anastasia Románova, 1914

De vez en cuando el autorretrato de Robert Cornelius aparece en las redes sociales acompañado por la frase: “el primer selfie de la historia”. Es cierto que esta fotografía de 1839 es el primer autorretrato del que tengamos noticia, pero una selfie no es necesariamente un autorretrato. El proceso mediante el cual un daguerrotipo del siglo XIX aparece en la placa de plata es químico, mientras que la razón por la cual una imagen aparece en la pantalla de nuestras cámaras y celulares, es un cálculo electrónico. Esta primera diferencia, en apariencia puramente técnica, modula gran parte del abismo que separa al mundo del autorretrato del mundo de la selfie. Entre muchos otros factores, el daguerrotipo y la fotografía análoga están mediados por la espera y la paciencia, la fotografía digital por la inmediatez. Y no es que la espera o la paciencia sean valores en sí mismos –nada lo es–, tampoco que de la “paciencia” o de la “espera” se sigan valores estéticos superiores a los de la inmediatez. Es solo que, “paciencia” e “inmediatez”, son dos de las principales características que distinguen al mundo de Cornelius, del mundo donde hace aparición la selfie.

El individuo autorretratado, en especial el del siglo XIX, es alguien que, inmerso en la velocidad de la ya completamente desarrollada revolución industrial, se pregunta por su identidad y al mismo tiempo se sorprende al ver su propia imagen congelada. Sí, es cierto que en los siglos XVIII y XIX, el carácter indiviso –propiedad fundamental de la noción de individuo desde el atomismo– adquiere un rasgo reactivo gracias a la vertiginosidad del mundo industrializado. Y también es cierto que, para mediados del siglo XX, el autorretratado por la fotografía análoga –tan acostumbrado a la velocidad industrial que la considera obsoleta–, se sorprende cada vez menos, pero igual debe ser paciente y aguardar la revelación de su imagen en la soledad del cuarto oscuro. Por su parte, aunque el individuo de la selfie no suele ser reactivo, sí es alguien que, inmerso en la impermanencia que trajeron las redes sociales, necesita dejar una estela de su presencia en la avalancha vertical de información que segundo a segundo desciende por nuestras pantallas.

A esta segunda diferencia entre mundos e individuos, se le debe agregar una tercera. Tiene que ver con el lugar donde autorretrato y selfie adquieren cada uno su poder y por lo tanto su valor. El lugar de la fotografía decimonónica es la intimidad del álbum familiar o el mueble de la casa desde donde la foto adorna y custodia el hogar. A finales del siglo XIX el espacio del museo acoge a la fotografía y en el XX lo hace el de la galería. En la segunda mitad del XX la cámara digital se populariza, pero ante la ausencia de Internet, las fotografías digitales ocupan de manera simultánea los mismos lugares que las análogas. Todos estos lugares –hogar, museo o galería–, tienen algo en común, y es que quien quiera ver las fotos debe desplazarse. El espectador debe ir a la fotografía, no al revés. Ese desplazamiento era y sigue siendo el lugar donde la fotografía análoga adquiere su poder y su valor. Por eso hoy el fotógrafo publica en las redes sociales la invitación a su exposición, pero, salvo un par de fotos que sirvan de muestra, el fotógrafo prefiere no publicar las fotografías mismas de la exposición. Muchas veces, gracias a las redes y a una galería virtual, podemos asistir de manera no presencial a una exposición de fotografía que toma lugar en una ciudad tan distante a la nuestra que nos es imposible ir, incluso cuando la exposición está compuesta por fotografías de Instagram, como en el caso de Roman Singer o Paul Graham.

Sé que “extrañeza” e “impermanencia” son sólo dos de las múltiples nociones que se pueden usar para diferenciar el autorretrato y la selfie, pero si me vi obligado a usar estas dos y no otras, es porque aún tengo presente la primera vez que tuve que quedarme a solas en un cuarto oscuro y, sobre todo, la primera vez que, con doce años, mi padre puso su cámara de fotografía en mis manos. Estábamos en el parque del conjunto donde vivíamos entonces. Mi padre me dijo que al comienzo no importaba a qué le apuntara, pues lo primero que debía aprender era a enfocar y a entender la naturaleza del diafragma. Me asomé al visor y vi como el viento le otorgaba movimiento a los árboles y peinaba la colina tras la que me escondía a fumar.

Juan Nicolás Donoso, 2017

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