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ESCRIBIR (Y HACER ARTE) DESDE EL PRIVILEGIO

Daniel Acuña

Hay veces en las que pienso en las mil maneras en las que hacer arte es como cocinar un huevo.

Un huevo puede cocinarse de muchas formas y para todos los gustos pero, en mi escueta experiencia culinaria, he aprendido que al huevo hay que ponerle atención. Si por unos críticos instantes uno pierde la concentración, el huevo queda crudo o sobre-cocinado. El arte también puede hacerse de muchas formas y para todos los gustos; puede ir, incluso más allá y adoptar posturas políticas, hacer comentarios sobre el mismo mundo del arte, o ser deliberadamente indiferente frente a todos estos temas pero, también, como al huevo, hay que ponerle atención.

En virtud de esto aparece esta breve reflexión. Siento que la labor más valiosa del artista es la de darse cuenta. Darse cuenta del mundo, pero también darse cuenta de su proceso y, para el propósito específico de este texto, de su público. ¿A quién me dirijo? Tal vez elija dirigirme a un pequeño grupo de personas que, privilegiadas como yo, tengan el tiempo y los medios para leer (y escribir) en una publicación de crítica de arte en Colombia. Jugamos entonces a escribir (y a hacer arte) desde y hacia el privilegio. Y la reflexión llega hasta donde el privilegio lo permite. ¿Qué hacer entonces con este privilegio? ¿Hacerlo a un lado? ¿Abandonando su comodidad, buscando el hambre y la turbulencia para conocer el otro lado del espectro como lo hace Bruce Wayne en Batman? ¿Deben ser pobres los ricos para entender la pobreza? ¿O ricos los pobres para entender la riqueza? ¿Deben ser afortunados los miserables o miserables los afortunados para entender la miseria y la fortuna?

Verse y saberse privilegiado es, probablemente, algo que uno puede descubrir poniéndole atención al huevo. Y así, se percibe también la distancia, el hermetismo, que atraviesa todas y cada una de las propias posturas y, en el mejor de los casos, se da un primer paso en la construcción de un vínculo que empalme lo que está adentro con lo que está afuera. Es claro que el privilegiado desconoce lo que hay por fuera del privilegio tanto como quien está por fuera desconoce el privilegio. Existe, entonces, un rango de incertidumbre en ambos lados, una línea gris y fértil para el surgimiento de preguntas conjuntas, un lugar de encuentro que se nutre de la diversidad de miradas. ¿Cómo hacer que el arte provenga de ese lugar?

Omitir el hecho de que el privilegio condiciona nuestra postura y nuestro discurso como artistas es no ponerle atención al huevo. Así que podemos empezar por reconocer el privilegio como condición, para luego concebirlo como enfermedad y como herramienta. Podemos procurar darnos cuenta de la forma en la que este interactúa con nuestro oficio, para así considerar las posibilidades creativas que se desprenden de él.

IMPORTANTE: no olvidar que al huevo hay que ponerle atención, pero antes de cocinar el huevo hay que preguntarse: ¿quién carajos se lo va a comer?

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