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La penúltima moda

Por Francisco Mojica

Al comenzar a redactar este texto pedí a Dios que me librara de la tentación de empezar con una referencia a la literatura francesa. Pero como Él es tacaño en su concesiones, yo me dejo llevar y recuerdo lo mucho que la Francia del siglo XIX, descrita por Balzac, se parece a la Colombia del siglo XXI que yo veo: una sociedad donde aparece una burguesía incipiente llevando el lastre de un pasado medieval.

Se ve mucha plata en Colombia, ostensible y ostentosamente mucha más de la que recuerdo hace 20 años. La bonanza de las commodities, las políticas neoliberales, los presidentes mesiánicos, el narcotráfico. Cada uno y la combinación de todos, habrán contribuido a que en Colombia se viniera consolidando una clase burguesa más amplia y rica, un fenómeno parecido al retratado por Balzac en Francia. Es como si los colombianos hubieran aprendido finalmente a hacer plata. Entramos finalmente en la era del capital.

La era del capital que para Hobsbawm sucede hacia mediados del siglo XIX, pero que yo digo que en Colombia sucede ahora. Y también digo que muchas de las observaciones que hace este autor sobre el arte se aplican a nuestro país con la misma gracia que lo hace Eugenia Grandet.

Parafraseando a Hobsbawm, no es posible comprender al arte sin tener en cuenta el sentido de la exigencia social según la cual actuaría como proveedor de contenidos espirituales para la época más materialista de todas. Claro está, en Colombia también gozamos de pastores cristianos, todavía quedan curas, hay también neo chamanes, instructores de crossfit y estudios de yoga en cada esquina. Pero el artista también hace parte de ese apoyo espiritual que, además, es fácil de mostrar en las redes sociales.

En efecto, los artistas gozan de cierta aura; son presentados por los medios como sabios o profetas. Los gurús de los negocios los utilizan como referencia de personas creativas: hay que ser innovador, como los artistas, una suerte de filósofo creativo. Ideas que, en una primera generación de nuevos capitalistas de un corte más prosaico, estaban relegadas a las mujeres, quienes hacían lo posible por interesarse en temas más elevados. Hoy diría que atienden por igual a todos los géneros y que el interés, sincero o no, sobre prácticas e instituciones artísticas es cada vez más común. Mis amigos de Instagram son muy claros al respecto: difícilmente se puede evitar ese peregrinaje obligado a las catedrales del arte. El Guggenheim es hoy miles de likes más popular que la Estatua de la Libertad.

Ahora bien, mis cifras no me permiten asegurar que ese estatus del arte se ha traducido en un bienestar material para el artista, cosa que me impide seguir usando las frases de Hobsbawn. Al parecer en el siglo XIX sí se percibe cierta soltura económica para los creadores. Hoy se detectan algunas versiones de mecenazgos a través de becas e instituciones privadas, por una parte. Para los que no logran acceder a estos, se abre un mercado más grande que sigue instrumentalizando al artista como decorador o proveedor de caprichosos artículos de lujo, aprovechando precisamente que el mercado burgués es cada vez más rico y amplio. El capital innovando.

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