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La crisis está de moda

María José Marroquín

De un tiempo para acá leemos y oímos decir que estamos en crisis; crisis ambiental, económica, política, psicológica, moral, social y, sobre todas las anteriores, crisis artística. Y no es de extrañarse esta última, pues si el arte está en crisis, el hombre está en crisis. Después de todo como diría Kandinsky “ toda obra es hija de su tiempo”. Vivimos un tiempo difícil en donde prima el sin sentido en los campos, mientras el caos se apodera de las ciudades y los artistas solo pueden hablar de cómo el arte ha llegado hasta los límites, después de romper sus fronteras. Ahora se pasean como hombres grises buscando nuevos lenguajes, como si buscaran oro en ríos contaminados.

En el caso de la literatura, si es que no aplica para todas las artes, nos han querido convencer a todos de que Fantasía está en peligro y esta vez no hay Sebastián para rescatarla. Parece una certeza generalizada pensar que los niños solo juegan Xbox , que la televisión compite con los libros, que los cuentos de hadas son obsoletos para las nuevas generaciones, que en vista de que no aparece nada novedoso que luche contra la pantalla grande, los libros perdieron la batalla y ahora viven junto con el resto de las artes y nosotros mismos en el reino de lo viejo, dicho y gastado.

Me he de tomar el atrevimiento de decir que ese argumento ya no convence, así como todos los dibujos animados no viven en Disney, aunque en un momento pareció así, no todas las artes están convencidas de que sin Sebastián no hay Fantasía; aunque en un momento pareció lo contrario. Y es importante rescatarlo porque repensar la crisis puede ser a su vez abrir los ojos frente a las nuevas creaciones que se están forjando.

Para abordar el tema he de tomar prestados algunos conceptos de lector y autor, establecidos por Armando Petrucci y Aidan Chambers. Por un lado Petrucci en su texto Leer por Leer: un Porvenir para la Lectura, habla de el “lector anárquico”, que es el lector que traspasa la norma y establece nuevas conductas de lectura, a este lector vincula el autor de consumo, que es el que escribe obras “pseudo literarias” en respuesta a un mercado determinado. Por otra parte, Chambers, en El Lector en el Libro, plantea dos tipos de lectores, el “lector niño” y el “lector implícito”, siendo el primero el lector que no se entrega a las reglas de la obra porque aún se está formando como lector y no tiene las herramientas para hacerlo, y el segundo, el lector al que va dirigida la obra, el que va a aceptar sus reglas para producir sentido a partir de ella.

Una de las principales causas por las que se viene diciendo que la literatura está en crisis es porque los niños ya no leen, prefieren ir a cine o conectarse a cualquier aparato.

Sin embargo, no se puede decir que los niños ya no leen cómo si en algún momento todos los niños hubieran leído; hoy cómo desde el siglo XIX, algunos niños leen, y esto es más una cuestión de orden social que de crisis del arte. Podría decirse más bien, siguiendo a Petrucci, que los lectores han cambiado, al igual que los hábitos de lectura. Ahora podemos hablar de lo que Petrucci denomina el “lector anárquico”, un lector que traspasó las normas establecidas y presupone un nuevo paradigma frente a las tendencias habituales, pero esto no es nada nuevo bajo el sol, ha sucedido y seguirá sucediendo porque el hombre y la sociedad son contingentes por naturaleza. Si bien el “lector anárquico” nace de un momento de crisis, su importancia no radica en señalar la crisis, si no en señalar un nuevo rumbo en donde abre nuevas posibilidades de creación y abordaje de las obras literarias.

En cuanto a las nuevas tecnologías, aunque proponen un nuevo y gran reto, no evitan que la literatura siga teniendo muchos adeptos. Todavía hay quienes ven la película para comparar con lo que leyeron, cargan en el celular un libro o su propia biblioteca y la tecnología, en lugar de alejarlos, les pone a la mano , les acerca. Es más, gracias al desafío que representan los nuevos medios es que se han explorado nuevos territorios y creado nuevos lenguajes. Prueba de ello es la fuerte y creciente relación que se ha establecido con las artes plásticas, basta sólo con acercarse a un libro álbum o a una fotonovela, para ser testigos de ello. Estos mismos lenguajes han llevado a romper los mitos sobre qué es para niños y qué no; hay que ver obras como Persepólis o Mouse. Aquí, podríamos decir como lo haría Chambers, que el “lector niño” ahora cuenta con más herramientas de juego y es cuestión de los autores tomar la situación como una crisis o como una posibilidad de crecimiento.

Si bien es cierto que el mercado editorial marca en gran medida lo que se lee y lo que no, no es verdad que sólo se publiquen obras de mala calidad, fomentadas por lo que Petrucci llama “autores de consumo”. Encaminarse por esa vía para justificar una crisis, en un mundo capitalista, llevaría a un punto ciego que lejos de plantear un problema ontológico caería en el facilismo de echarle la culpa al sistema. Si la literatura es victima del mercado, la crisis también, y la estamos comprando. La literatura debe superar las obras de consumo masivo, debe aceptar el reto que suponen las nuevas demandas y crecer con ello. Nuevamente siguiendo a Petrucci, se podría decir que el autor de calidad debe superar lo que el “autor de consumo” plantea, y la labor del crítico, en lugar de señalar la crisis constante y de esa manera hacer hincapié en el autor de consumo, debería enfocarse solidariamente en el autor que produce obras de calidad. Es labor de la crítica superar la crisis y empezar a señalar y estudiar las nuevas propuestas de los “lectores anárquicos”, combatir los “autores de consumo”, aproximarse a las nuevas obras para conocer a las nuevas figuras que plantean tanto los “lectores niños” como los “lectores implícitos”.

En conclusión, podría decirse que la literatura tuvo que enfrentar una nueva transición, como las artes en general, frente al proceso de crecimiento y desarrollo de nuevas tecnologías: que enfrentó una crisis, pero permanecer en ella e insistir en que no se ha salido de ella es darle la espalda a nuevos lenguajes en construcción. Seguir aferrándose a la crisis es, en realidad, seguir perpetuando el discurso caduco que sigue peleando con la televisión, cuando frente a nuestros ojos están empezando a brillar con más fuerza nuevos géneros, nuevas alianzas y nuevos lectores, que confirman que la crisis ya no es el nuevo rosa.

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