PCC

Captura de pantalla

Por Nicolás Consuegra

El entonces ministro de Justicia (de Colombia), Rodrigo Lara Bonilla, les muestra a unos periodistas un video sobre Pablo Escobar y su relación con el tráfico de estupefacientes. El asesinato de Lara Bonilla (ordenado por Escobar) el 30 de abril de 1984 (la noche en que se había reunido con Luis Carlos Galán y Guillermo Cano) marcó para muchos el inicio del narcoterrorismo en Colombia. Lara exigió la extradición para quienes delinquían por narcotráfico en el exterior y —contradictoriamente— fue acusado de recibir un cheque de un millón de pesos de un narcotraficante para su partido político.

Llegué a esta imagen luego de ver otra: una pintura de Juan David Laserna publicada en un breve artículo en el periódico El Tiempo sobre la IX edición del Premio Luis Caballero. La pintura de Laserna no se explica en el pie de foto de dicho medio, pero la imagen del Mercedes 250, en el que iban Lara Bonilla y su conductor, es persistente. Muere Lara Bonilla. Curiosamente, el conductor sale ileso del atentado.

Confieso que sólo vi dos proyectos del Premio Luis Caballero el año pasado. CN70, de Luis Fernando Ramírez, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, y Set, de Juan David Laserna, en el Archivo de la misma ciudad. Para el efecto de esta breve nota solo hablaré del segundo, pues es el proyecto que más preguntas me dejó.

Entiendo, en principio, el interés de Laserna por referirse a un set, es decir, al aparato visual que nos hace tangible una realidad que pudo ocurrir de otra manera, pero que por su artificio tomamos como una verdad que supera a la realidad misma. Y es que el problema de la representación no es propiamente el de calcar la realidad, sino el de hacer sentir. Y, como lo habría dicho el pintor francés Gerard Fromanger, ¿no es el arte lo que hace la vida más interesante que el arte mismo?

Pero mi pregunta va dirigida a las construcciones de Laserna. Por un lado, su carrusel pictórico de la corta vida política y criminal de Pablo Escobar y, por el otro, su escultura, la del recordado tejado que sirvió de fondo para mostrar aquel hipopótamo triste que habían cazado las fuerzas del “grupo élite” de la policía y el ejército nacional. Ambas aproximaciones resultan fuertemente pictóricas, no obstante, la segunda resulta ser una metáfora más compleja, toda vez que Laserna sugiere ver y no ver el tejado. Queda entonces una doble imagen persistente: los bastones de los ojos se cansan, el color complementario es el rojo ladrillo (o teja), pero, a la vez, el verde luminiscente remite al uso del chroma-key, aquel recurso audiovisual ampliamente utilizado en el cine, la televisión y la fotografía, que consiste en extraer un color de la imagen (usualmente el verde y antiguamente el azul) y reemplazar el área que ocupa ese color por otra imagen o video, con la ayuda de un equipo digital especializado. Con este artilugio para siluetear se hace viable el rodaje de personajes y objetos en contextos imposibles, y se evade la labor eterna y desgastante de aquel proceso de siluetear cuadro a cuadro una imagen para aislar sus elementos.

¿Pero qué quiere Laserna que aislemos de su set? ¿Será que el montaje de sus pinturas, a manera de salón, es un guiño para hacernos pensar que Colombia nunca tuvo dicha tradición? Sin duda, a partir de esta idea podríamos ver cómo el realismo fue determinante para registrar complejos problemas socioculturales en la Europa de los siglos XVIII y XIX (Goya, Manet, Courbet). Sin embargo, el (foto)realismo a lo Richard Phillips me hace pensar en las bien conocidas láminas Jet, en las que, en ciertos momentos, vemos que al registro le falta precisión y que la especie de deformidad naïf de nuestra representación nacional no se parea con las láminas de la historia natural de mejor tradición.

Y no digo esto último respecto al trabajo de Laserna, sólo que esta interpretación me sirve para destacar la pintura del Mercedes Benz abaleado que, a mi juicio, es la más potente de su proyecto, y aunque puedan ser interesantes las otras reconstrucciones que hace con su pintura, se pone en evidencia una realidad que resulta exagerada. Con la imagen del Mercedes (parece que quisiera ignorar al sujeto, como ya lo hizo Robert Bechtle con su ’61 Pontiac) puedo entrever esa historia espeluznante de nuestro país que le ha tocado a una inmensa minoría. Una realidad que, por más que la pasemos al formato de miniseries en televisión o internet, no deja de ser macabra. El repudio ante este episodio audiovisual es también hacia la gente que invierte en celebrar la estupidez y la brutalidad de narcotraficantes y delincuentes comunes y no comunes de nuestro país. Ya vendrán seguramente más miniseries de paramilitares y de tantos actores de nuestra sangrienta historia patria. Vendrá una novela de Popeye y Claudia Pajón. Se llamará Papaya. Tenemos como antesala la novela sobre Jaime Garzón, que ya está al aire.

Pero los sets sin actores se ven fantasmales, como pasa con la Hacienda Nápoles, hoy en día un parque jurásico donde se expone “el triunfo del estado” (en Puerto Triunfo) en impresiones de gran formato que convierten la villa de Pablo en su propio antimuseo.

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