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La escena del Arte Sonoro en Bogotá 2017

Por Ricardo Moreno

Adjetivos como nuevo, underground y experimental, son usados comúnmente para referirse a ciertas manifestaciones del arte, en particular a la que me convoca en este escrito, el arte sonoro. No obstante, parecen un poco caducas al ver que esta práctica artística se encuentra presente desde hace varias décadas en el panorama artístico nacional y particularmente en el bogotano; no por ello, quiero decir que goce de buena salud y reconocimiento dentro del mundo del arte: aunque resulte paradójico, el arte sonoro en 2017, estuvo presente de forma continua en el circuito artístico nacional y tal vez, no caló en el imaginario de lo que sucedió en el año pasado.

Es decir, está y no está, por un lado hay que señalar que desde el estado, esto no implica necesariamente que sea una directriz, puede ser una decisión de los jurados de diferentes becas y estímulos, que no responde a un llamado institucional; se han apoyado diferentes iniciativas de arte sonoro, por ejemplo el primer gran referente es la selección de una obra de arte sonoro como ganadora del estímulo del Idartes, Museo a Cielo Abierto, aunque al final no resultase tan bien instalarla en uno de los lugares con mayor contaminación auditiva de la ciudad, lo que no permite que los cantos de aves se escuchen (sonido producido por la obra). Celebro las buenas intenciones de atreverse a que una obra sonora hiciera parte del arte público capitalino. Desde la red Galería Santa fe, también se apoyaron algunos proyectos con componentes de arte sonoro para realizar laboratorios y la exposición Bogosónica, el Idartes relanzó Plataforma Bogotá y la emisora CK web con un concierto en el planetario de theremines creados en un laboratorio previo. Otros eventos relevantes para la escena fueron el Festival en Tiempo Real y el disco Caos post industrial. Por otra parte, desde la academia se realiza un considerable esfuerzo por parte de la Universidad Antonio Nariño para abrir la primera maestría en arte sonoro en Colombia, sin embargo, esta aún no ha podido arrancar.

De acuerdo a lo anterior, se puede observar que los proyectos que involucran arte sonoro son casi herméticos en su propia especificidad técnica y narrativa, encerrándose en una burbuja a la que sólo acceden personas que se relacionan con este circuito; esto ocasiona que existan pocos diálogos con otras expresiones del arte contemporáneo, y a su vez, que no se encuentre presente en eventos abiertos a diferentes prácticas artísticas, planteando un cuestionamiento sobre su ausencia y poniendo sobre la mesa, que es posible que los investigadores, curadores y demás agentes de las artes visuales implicados en la realización de exposiciones, publicaciones, etc, no lo consideren por falta de conocimiento. Siempre es más fácil obviar lo que no se comprende y no complicarse con una obra incomoda o ruidosa que museográficamente sea compleja de exponer. En conclusión, sería muy enriquecedor que, por un lado, los que trabajamos desde el arte sonoro propongamos diálogos abiertos con otras expresiones y, por el otro, que los investigadores y curadores se atrevieran a integrar prácticas sonoras en sus exposiciones, para no tener que hablar de arte sonoro como un espectro aparte de lo que es el arte contemporáneo.

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