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¿QUIÉN ES EL ENEMIGO?

Por Carlos Salazar Wagner

No cabe la menor duda de que la forma como se ha escrito la historia del arte desde el siglo XIX ha sido como una eterna lucha entre buenos y malos, entre unos artistas novedosos y rebeldes contra un ente vetusto y académico. Justamente lo llamo “ente” porque si hacemos una revisión, difícilmente encontraremos quién es el enemigo acérrimo y esto aplica para nuestros días: en los discursos reconocemos que hay un contrario que es el arte académico. Hay un adversario que está en contra del arte actual, que genera reglas imaginarias que todo artista debe romper para convertirse en un visionario ¿Pero quién es el enemigo? Desde la universidad nos enseñan unas herramientas críticas que empleamos contra artistas ya establecidos, contra aquellos que irónicamente parece que ya hubieran nacido viejos ¿Es acaso nuestra enemiga Doris Salcedo? ¿Es Idartes? ¿Artbo? Claro está que si le preguntáramos a Guillermo Vanegas, él claramente respondería sin rechistar que el enemigo es Dimo.

“Está bien criticar al rico, pero criticar al pobre siempre está mal visto” es una frase que una vez escuché y se quedó grabada en mí. Desde el ámbito universitario hacer un ensayo crítico cuestionando a Tania Bruguera es merecedor de una máxima nota, pero es más polémico hacerlo sobre un artista emergente, y es aquí donde el crítico cumple su rol como el villano de todos los villanos, pues está bien que todos estemos en contra del enemigo en cuestión, del sistema normativo de la escena del arte, pero sucede todo lo contrario si el enemigo es aquel rebelde de boina.

A veces llego a una ligera conclusión: somos nosotros nuestros propios enemigos perpetuando el status quo de la historia del arte, somos nosotros quienes perseguimos a un enemigo sin saber bien quién es; pero al darnos cuenta de una crítica hacia un artista contemporáneo que no pertenezca al mainstream la tachamos inmediatamente de errónea, y atacamos sin falta a aquel villano de villanos que se atrevió a injuriarnos. Tenemos las herramientas necesarias para estar en contra de Damien Hirst pero hace falta tenacidad para aceptar públicamente que no nos gusta una obra de Juan Mejía, hay un miedo abismal a estar errados en nuestro propio juicio estético.

¿Y qué pasa si estamos errados? ¿Está mal decir que algo nos parece bobo porque a los demás les parece acertado? Escribir sobre nuestros sentimientos y sobre nuestro juicio estético personal no es algo cuantificable o verificable como el trabajo del historiador, es contar y persuadir al lector del por qué amamos a cierto artista y al otro lo desechamos al infierno. Si nos quedamos en el status quo sin hablar ni pronunciarnos, no se generan las más mínimas dinámicas entorno al arte y seremos nosotros nuestros propios enemigos en el todo se vale, todo se puede y todo es relativo.

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