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Hacer arte, ¿para qué?

Por José Aramburo

“Y, si la oficina de la Rua dos Douradores representa para mí la vida, este mi segundo piso, donde vivo, en la misma Rua dos Douradores, representa para mí el Arte”. Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia la vida sin aliviar el vivir”

Fernando Pessoa

Mucho se ha escrito sobre la importancia del arte en el desarrollo social de la humanidad. Superada la época donde la obra de arte cumplía una función ritualista o religiosa al servicio de las clases dominantes o burguesas y teniendo en cuenta que la revolución promovida por la escuela de Frankfurt –con W. Benjamin a la cabeza quien desarrolló la idea de un arte que liberaría a la sociedad de sus verdugos de clase– pensado como un arte épico, o que fuera completado por el proletariado que se adueñaría de los medios de producción y de la creación de sus propios símbolos se fue a la cañería; y lo que podemos ver es que las obras de arte de nuestro tiempo reposan como zombis haitianos en colecciones de banqueros, gabinetes de grandes herederos y apartamentos de empresarios, la pregunta que habría que responder sería “¿Para qué hacer arte?” y lo primero que se me viene a la cabeza responder es: “Para nada”

Veamos

Las obras de arte son más el resultado de un tiempo que de una mente, es así como vemos que el artista contemporáneo está condenado a ser celebrado o no, de acuerdo a tendencias dinámicas que hacen que su obra –independientemente del origen de su intención– sea relevante o desfallezca formando parte de colecciones desafortunadas –la sala de mamá, o la finca de recreo de algún pariente moderadamente rico–. No hay solución a la vista. El arte sólo sirve como bien de intercambio, pero para que esa moneda tenga valor, habría que transitar por autopistas de la nada y en vehículos que nadie sabe cómo funcionan. Cuando estaba en la universidad, la clase más concurrida era una de Andrés Burbano, y lo era porque en ese momento estaba en boga el arte de multimedia –con sensores y todo–, y eso era lo que se veía en esa clase. Cientos de estudiantes se inscribieron en tal curso seducidos por los cantos de sirena –como chillidos de modem– que profetizaban un nuevo arte, alejado de la incomprensible perorata de Beuys y más acorde con ese futuro de robocop o los supersónicos, que parecían acomodarse con mayor fidelidad al nuevo milenio. Grave error. El tiempo es un bromista serio, y como por arte de magia negra, hoy en día no veremos en la Documenta o en Venecia –a menos que sea la de Franklin Aguirre– un solo sensor. A la cañería se fueron –como las propuestas de Benjamin– esos años de pelar cable y entender circuitos. Nadie hubiera creído que en este, que era el futuro de ese tiempo-, estaríamos viendo un tiempo de tibieza, de líneas rectas y recortes de periódico. De cosas rotas y eslóganes políticos. Nunca fui a la clase de Burbano, porque desde esa época pensaba que el arte no servía para nada y en eso radica su grandeza: en el trágico abandono que propone. En la certeza de la incertidumbre y sobre todo en saberse inmune al juicio histórico.

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