PCC

¿PARA QUÉ LOS ARTISTAS?

Juan Nicolás Donoso

Filólogo antes que otra cosa, Nietzsche desanduvo el camino del lenguaje y entendió que no hay nada más arbitrario que llamar “perro” a un perro. Por fuera de lo humano, la pregunta acerca del sentido del mundo simplemente carece de sentido y si hablamos de “mundo” es sólo porque, como diría Merleau-Ponty, “por estar en el mundo estamos condenados al sentido”. Pero Nietzsche no se detuvo ahí, también rastreó la cadena de metáforas –en el sentido de transferir o transportar–, que finalmente terminan decantadas en un concepto. Todo comienza con un impulso exterior que nuestro Sistema Nervioso Central convierte en una imagen –por ejemplo una hoja–, a esa imagen le asignamos un sonido y, finalmente, llamamos “hoja” a la infinita multiplicidad de hojas singulares que hay en el mundo. Esta aparente inexistencia absoluta de sentido, esa aparente imposibilidad de hablar de “Verdad” o de “cosas en sí”, es una de las razones por las que muchos consideran a Nietzsche un nihilista. Sin embargo, no sólo se puede, sino que, creo, se debe leer a Nietzsche de manera diametralmente opuesta.

Por una parte, es en gran medida por esa cadena de metáforas que Nietzsche considera a los humanos esencialmente artistas. No en el sentido de pintores o performers obviamente, sino que, al estar condicionados a habitar el mundo según la configuración de nuestros sentidos, no tenemos otra opción que metaforizar el mundo para poder habitarlo. Y por otra parte, si el mundo no tiene sentido y por lo tanto no es nada en sí mismo, entonces el mundo siempre está listo para ser armado, derrumbado, y rearmado al infinito. Es decir que, nos guste o no, la existencia es necesariamente plástica. La historia nos ha demostrado que no por ser plástico el mundo es moral, pero sí que, para llegar a lo moral, se debe pasar por lo plástico, por la reconstrucción. No es que nada tenga sentido; lo que hay es un exceso de sentido. Sucede algo similar con Wittgenstein. En los últimos años, el punto 7 de su Tractatus se cita y se recita como quien busca sentirse legitimado para no comunicar ni tener que afirmar nada, como si después de esa declaración, no quedara otra opción que sentarse a hacer arte relacional, cuando en realidad el propio Wittgenstein siguió escribiendo más. Y no me refiero a las Investigaciones filosóficas, sino a sus diarios donde uno se puede encontrar cosas como: “Muy a menudo, o casi siempre, estoy lleno de miedo. Hoy, por mi cumpleaños, he recibido pañuelos de Marguerite. Me he alegrado por ellos, aunque cualquier palabra suya me hubiera gustado más y un beso mucho más”. Es como si después de arrojar la escalera wittgensteiniana del punto 6.54, se abriera todo un mundo por explorar.

Ese giro de ingeniero aeronáutico1 a místico, esa apertura tan propia de Wittgenstein, me recuerda lo que Didi-Huberman2 afirma acerca del método de la transferencia, inventado por Durero para transferir –transportar, metaforizar–, un cuerpo tridimensional a la bidimensionalidad y al mismo tiempo mantener las proporciones de dicho cuerpo mientras lo dibujaba desde múltiples perspectivas, algunas de ellas humanamente imposibles, a menos que el cuerpo se descuartizara.

Durero. Cabeza construida según el dispositivo del “transferente” (detalle). 1523-1528.


Durero. Hombre estereométrico y dos secciones del cuerpo (detalle). 1523-1528.

“Podrás a través de esta figura descubrir mucho de la diversidad de las cosas”, decía Durero. Sólo que a veces esta transferencia de precisión geométrica, ingenieril, llevaba lo humano a un lugar muy parecido al que Nietzsche llevó el lenguaje. Esto es, “un lugar visual libremente puesto en obra: lugar para inventar –en el sentido arqueológico del término: cavar para sacar a la luz–, una forma humana inédita”, como afirma Didi-Huberman acerca del método de Durero. El cinismo no es rival. El nihilismo no existe. La existencia es lo único que no proyecta sombra. Y todo es hermoso y terrible.


1: La primera profesión de Wittgenstein fue la ingeniería aeronáutica.

2: Didi-Huberman., G. Ser cráneo. Bogotá: Colección sin condición, 2008.

paute