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HACER Y NO EXISTIR MIOPÍA Y AMNESIA

Por Lucas Jaramillo

Como lo muestra Star Wars, la Arquitectura es quizás el testimonio más tangible que produce una sociedad, es la representación de voluntades o ideas en el espacio con la premisa de trascender el tiempo. Es la creación de la sociedad a su imagen y semejanza. Un colosal requerimiento energético transforma la materia para definir y ordenar la(s) forma(s), nuestra vivencia del mundo de los sentidos; la arquitectura es la cultura en su manifestación más violenta, es una forma latente, es cómo moverse, en dónde y cómo vivo, cómo respondemos a lo salvaje, a la opresión y a la resistencia.

Bajo esta óptica la Arquitectura toma un rol protagónico, pomposo, casi arrogante frente a otras profesiones. Entonces ¿Por qué en nuestros tiempos es considerada un oficio secundario? ¿Qué ha pasado para que un hacer históricamente determinante esté pasando a un segundo plano? ¿Por qué la intervención de un arquitecto en el espacio está pasando a ser considerada un lujo? La Arquitectura ha sido una fiel servidora del poder en diferentes circunstancias socio-políticas desde tiempos remotos; los objetos arquitectónicos afloran, se construyen plazas, ciudades, acueductos, murallas, prisiones, vías, templos, palacios, etc. sin aparentemente haberse preguntado el por qué, pero sí el cómo y el qué representa. La disciplina del arquitecto convierte el hecho de hacer arquitectura en un proceso apolítico a priori, un servicio de alguna manera ajeno a la realidad que debe responder a unas condiciones programáticas, técnicas y a las preguntas propias del oficio en su época. El obrar bien estaba en el ser impecable técnicamente y ser coherente con su tiempo, representando las fuerzas, las maneras y preguntas de la sociedad en el espacio, buscando una consistencia con el propio tiempo, la búsqueda del bienestar común a través de la Arquitectura es latente en la representación y la técnica.

Desde lo clásico los discursos y discusiones disciplinarias - tanto teóricos como técnicos - priman en el mundo de la Arquitectura, los cánones en el 500, los pliegues en el 600, lo sublime en el 700 y la determinante relación estructura/envolvente en el 800. Estas discusiones entre académicos permiten que se explore el campo, encontrando las maneras de empujar los límites de la arquitectura, arraigando el oficio del espacio a los procesos de civilización, convirtiéndose así en unos de los pilares del desarrollo de occidente en su campaña de expansión y conquista del horizonte. En el siglo XX las condiciones históricas son prometedoras, la masificación, la abstracción de la forma y de la comunicación ponen sobre la mesa preguntas con la fuerza suficiente como para seguir ampliando el horizonte disciplinar. La Arquitectura se da a la tarea de responder a los nuevos retos; se desarrollan nuevas tipologías, nuevos materiales, técnicas constructivas más eficientes tanto en el diseño como en su ejecución. El arte pone las condiciones adecuadas para que los cánones - base del oficio durante 500 años - puedan ser puestos en tela de juicio, la imagen de los edificios empieza a cambiar, dejando la solidez desde la nueva mirada abstracta. Un inicio de siglo prometedor se oscurece con la segunda tanda de vientos de la revolución industrial empujados por la fuerza de los sistemas económicos. Las mutaciones en la gobernabilidad hacen del poder un intangible, la Arquitectura ya no encuentra que representar, los mecenas en la búsqueda de espacios para sus ideales y sus pueblos son reemplazados por estructuras burocráticas incapaces de entender los valores del espacio, lo cualitativo deviene en lo cuantitativo. Bajo los sistemas de gobierno político-económicos el arquitecto deja de hacer, el arquitecto computa, es un huérfano decorador, un técnico amnésico.

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