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ACERCA DE “INDELEBLE” NUEVOS LIENZOS

(exposición en el Museo de Antioquia, agosto de 2017)

Por María Granada

La iniciativa del museo, tal y como se menciona en la reseña de la exposición1, oscila entre la exploración de nuevos formatos y el llamado a nuevos públicos, es decir, incrementar los niveles de audiencia de espectadores jóvenes hacia las salas del museo. Esta vez, después de su primer acercamiento con el skate, el museo se aventura con la práctica del tatuaje.

Como todo espectador y como ente relacionado con las inquietudes que plantea la exposición, dejo acá las preguntas frecuentes que aparecen al ver estas soluciones institucionales hacia la práctica artística y, sobre todo, en los intentos contemporáneos de trazar transversales con prácticas sociales usuales, normalmente no incluidas en el campo del arte.

Obviando en principio el lugar común del nombre y más el del acercamiento que se le dio a este intento del museo, dejo aquí mi declaración.

El tatuaje, más allá que los posibles estudios sociales sobre la práctica digan las cosas que quieran, y lleguen a todos los lugares comunes posibles; es sobre todo un trabajo de la imagen, una repetición constante y absurda de la historia, un palimpsesto eterno como estudio y como labor. El tatuaje es una práctica inclusiva, variable y ahora más que nada, contemporánea. Pero su valor actual no radica en su práctica social sino en su contenido histórico de archivo y de imagen, es trabajo de colección y de autodefinición. Esta práctica es un ejercicio constante de archivo que tiene la cualidad de actualizarse constantemente. Y esa es su calidad de resistencia.

El problema de la mirada sociológica de la práctica, es el agregado del sentido cultural, esa herencia terrible de decir que el tatuaje debe ser una representación simbólica, (respetando eso para muchos, y aceptando que es algo que no podrá desprenderse de esto). Parte de su actualización está en las nuevas imágenes que pueden hacerse. El tatuaje tiene la cualidad de reinventarse, al menos visto desde el campo de la imagen.

Tiene en sus cualidades la premisa del archivo, porque es así como realmente funciona, un sinfín de colecciones de imágenes, sobre estilos, escuelas, marcas y tatuadores. Pero tiene una manera peculiar de sobreponerse, y es en esto donde se ve la posibilidad de introducir alguna teoría del arte: la actualización del tatuaje no es sólo en la técnica y la tecnología (como sucedió con la reproducción de las imágenes); la actualización sucede en la evolución de sus imágenes.

Pero es claro que la labor del museo es educar en lo cultural de las prácticas, entonces, en este caso ha obviado las otras dimensiones del objeto.

Puede ser que la pregunta sobre los nuevos formatos tenga más valor que el intento de introducir ciertas “subculturas” al museo. Suponiendo que este sea el inicio, variar el tamaño de impresión no es una respuesta bastante acertada. En esta exposición que es sobretodo de fotografías, cabe el absurdo, tanto, como para preguntar: ¿Es entonces el tatuaje un arte?, ¿O entra a ser visto como arte por el formato que le da el museo?, es decir ¿Se logra convertir una foto común del portafolio del tatuador en una obra para exponer, sólo por el hecho de estar vinculado a un referente artístico?, ¿No es acaso esto una relación con el diseño?

O entonces, ¿Qué valor tendría re-exponer una fotografía que es en realidad una parte del portafolio de un trabajador? En este orden de ideas su portafolio sería una obra. No pueden decir que la excusa de formato salvaría mi pregunta. Respecto a cómo se plantea esa mezcla de nuevas prácticas ¿Qué están haciendo realmente con la imagen? ¿Es acaso un intento de educar al espectador sobre el arte? Más allá de la anécdota está y existe verídicamente la imagen real, y omitiendo esto, esta práctica no se podrá nunca vincular de manera acertada a estas instituciones. El público debe educarse para generar preguntas. No para afirmar una historia que se reafirma por sí sola dentro del circuito autogenerado y auto determinado.

Si el museo busca vincular estos espacios desde la premisa cultural, vuelve sobre su círculo infinito y si su función es sobretodo pedagógica está funcionando erradamente, es decir, no basta con educar al público en una historia del arte que es una base de las instituciones museísticas; el público debe acercarse a ver el arte como disciplina y por tanto que el espectador pueda generar sus preguntas y juicios, el museo no debe ser solo una lección de historia.

Por otro lado el palimpsesto está implícito en todo y más en el visitante que va a ver la foto de su propio tatuaje , es ahí donde sucede el archivo.

La exposición cae no sólo desde el acercamiento al nuevo formato, quizá no tanto desde su enfoque o su propuesta de referentes. Es difícil explicar que los tatuajes tienen su propio lugar en la ciudad o en el entorno donde se desenvuelven, el tatuaje y el tatuar es complejo porque sí, es un resultado social, pero ya no ligado al desarrollo de una cultura, es más una evolución a la creación de nuevas manifestaciones generacionales.

El cuerpo mismo que los lleva es un museo, cada cuerpo es una colección real, una sala terrible de recuerdos, o de malas decisiones, o de apuestas de una noche, o de regalos de cumpleaños, o de imágenes de libros, o fotografías de abuelos, o nombres de los hijos, o dibujos de las mascotas, o imágenes seriales repetidas. O sólo una pijama pensada con determinación. Las imágenes han invadido los cuerpos biológicos reales y se han conectado de manera permanente. Simbólicamente o no, la práctica del tatuaje es variable, pero así como mutaron las imágenes en su historia, su valor cultural ha cambiado paulatina y paralelamente a estas.


1: https://www.museodeantioquia.co/evento/indeleble-nuevos-lienzos/

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